El martes pasado vi en el programa Punto de partida que conduce Denise Maerker, un par de extraordinarios reportajes. El primero con ex secuestrados y con ex miembros de las FARC colombianas. El segundo, con mujeres que han abandonado aldeas dominadas por el EZLN en las zonas indígenas de Chiapas.

Pensé que los reportajes podrían verse como vivos y elocuentes cortes de caja de dos aventuras revolucionarias, una larga y sangrienta, nacida en el seno histórico de la violencia colombiana; la otra, de resonancia simbólica más que política o militar, sembrada en el horizonte de marginación de las comunidades indígenas de México.

Una y otra experiencia vienen de regreso, con saldos de muerte y costos sociales incomparables entre sí. Se parecen, sin embargo, en un rasgo fundamental: ninguna de esas aventuras dio a sus partidarios o a sus sociedades, nada parecido a lo que prometieron, aquello que dijeron buscar al empezar su lucha.

Colombia es tan conservadora como al principio de la aventura de las FARC, y las comunidades indígenas de Chiapas son tan pobres hoy como lo eran antes del alzamiento del EZLN.

Pero las diferencias entre ambas experiencias son abismales. Entrar y salir de las FARC fue a lo largo de estos años cuestión de arriesgar la vida: entrar o salir a una organización militar que el tiempo y sus propias tácticas envilecieron pero que ejerció sobre sus miembros y sobre sus víctimas un rigor piramidal de ejército en guerra.

Salvo en sus días insurreccionales, y durante su despliegue sobre comunidades no zapatistas de los meses siguientes, el EZLN fue una forma de control político y territorial que se fue vaciando de gente no por el cerco militar que el gobierno le impone, sino por su propia inoperancia burocrática y económica.

Las FARC están siendo drenadas por el cerco del ejército colombiano. Las comunidades zapatistas están siendo drenadas por los programas gubernamentales de ayuda que las rodean.

Una familia de Los Altos o Las Cañadas de Chiapas puede sumar ingresos por Oportunidades, Procampo y el programa estatal de ayuda a personas mayores.

Todo eso está prohibido en las comunidades zapatistas, pero la gente va encontrando la manera de saltarse la prohibición o deja su comunidad y se pasa a la de enfrente.

La guerrilla colombiana agoniza estentóreamente, frente a los ojos del mundo; la zapatista, en sordina, replegada sobre sí.

Fichero archivado: Ejercito Zapatista de Liberacion Nacional

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