Los acontecimientos de Morelia han generado una sensación nueva y extraña; una mezcla de miedo y de unidad, de asombro e indignación. Quizás el hecho de que las víctimas sean quienes son: niños, mujeres y hombres comunes, nos ha conectado las emociones y la empatía. Pone de relieve una verdadera vulnerabilidad que no se va a resolver pronto, ni se resolverá con miles de policías preparados, mucha inteligencia o un gran equipamiento bélico. De la indolencia al repudio. Desafortunadamente, nos estábamos comenzando a acostumbrar a las decapitaciones y homicidios colectivos, pero en la milpa de mi compadre. Ahí está y no sabemos bien qué hacer con ello.
Lo más paradójico es que estos eventos están vinculados con un relativo éxito de la política gubernamental en el combate y afectación del mercado de la droga. Lo que pasma, si es cierta la beligerancia y el relativo éxito, es que mientras más se lastima al animal, más bravo se vuelve.
Extraño cosas y me gustaría ver otras. Creo que falta una política de comunicación por parte del Estado que nos brinde información, nos muestre las caras de los peligrosos, que nos ofrezca consejos en programas de radio y televisión sobre lo que hay que hacer, en fin. Hace falta una cruzada nacional que recupere valores, que celebre a los honestos y a los que cumplen con su deber. Nos hace falta el compromiso de los medios para dejar de hacer noticia con lo mezquino y se aboquen a la construcción de un imaginario colectivo y una labor de información y formación de mexicanos responsables y comprometidos con las cosas más pequeñas. No pasarse el alto, no dar mordida, cumplir con los permisos, no comprar películas o música pirata. En fin, todo eso que no hacemos o que nos convierte en cómplices de la delincuencia, esa misma que mató en Michoacán, en una pequeña parte que construye una gigantesca ola de impunidad y de complicidad colectiva.
Falta que asumamos que esta lucha, guerra o lo que sea, no se acabará pronto y que empezaremos a ver cosas que sólo pensábamos para España, Londres o las torres gemelas de Nueva York. El terrorismo está aquí y sin razones morales o éticas que lo justifican, como lo hacen algunos trasnochados cómplices de delincuentes que creen que el EPR roba, secuestra o mata por buenas razones y los otros no.
Falta que nos unamos en una voz y le digamos a quien se hace loco, que cada vez que justifica sus acciones ilegales, se hace cómplice y atenta contra la vida de nuestros hijos, de nuestras familias y del país entero. Extraño en este sentido, una voz fuerte y autorizada mediante la cual las autoridades se hagan plenamente responsables de lo que dicen y hacen. Sobre todo, creo que no podemos perdonar que funcionarios que se involucran con la delincuencia no tengan castigos ejemplares.
Falta por supuesto inteligencia, preparación, procedimientos en el actuar policial, carreras profesionales y servicio civil de carrera. Faltan policías federales (como 100,000 según se sabe por distintas informaciones). Falta compromiso de los partidos, leyes y apoyo presupuestal. Pero esto no se resuelve únicamente con dinero.
La guerra contra la delincuencia es una guerra que puede aspirar a resolverse. Estará siempre ahí, pero no de esta dimensión y mucho menos con esta beligerancia. El acto terrorista de Michoacán me indigna por sus implicaciones y por sus consecuencias. Todos debemos de estarlo, como el primer paso necesario e indispensable, de lo que queremos resolver.

Fichero archivado: EPR

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