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Nuevamente el Faro Tláhuac invita a los lectores de Vivir México a festejar la Patria con un evento muy interesante en donde podremos encontrar un mercado artesanal, obras de teatro, mesas redondas y un gran concierto patriótico.
Entre los invitados a este evento destaca la presencia del colectivo Mujeres en Vilo con la puesta en escena de la obra “El eterno femenino” y los grupos Quema Madera, Traficantes de Merengue y Son de maíz en el concierto.
Recuerda que la cita es este 20 de septiembre a partir de las 11 horas en Faro Tláhuac en el interior del Bosque de Tláhuac.
La entrada es gratuita.
En 2012 Felipe Calderón entregará el poder a un gobierno priísta. Entre otras razones porque habrá fracasado en sus promesas de reducir la inseguridad. Estas dos son predicciones respecto a las que uno desearía equivocarse, pero lucen inexorables.
Durante 50 años el PAN hizo una bandera política de la crítica a la corrupción priísta; después de 12 años de gobernar en Los Pinos no sólo habrá desperdiciado la ocasión de hacer algo al respecto; habrá diseminado este cáncer crónico.
La cumbre contra la inseguridad de esta semana tiene nulas posibilidades de resolver el problema de la impunidad. Vamos, la mitad de los firmantes del acuerdo tendrían que estar en la cárcel si las leyes se cumplieran en este país ¿Qué podemos esperar de un pacto firmado por Mario Marín, Romero Deschamps, Elba Esther Gordillo y una docena de gobernadores que ejemplifican, justamente, la vigencia de la impunidad?
Para no ir más lejos, uno de los gobernadores designados para hablar en el acto, como Marco Adame Castillo, de Morelos. En abril de 2006 José Luis Adame Castillo y su hijo Luis Daniel Adame Tapia fueron detenidos, luego de que un ladrón de autos los señaló como sus cómplices. Unas horas más tarde fueron liberados, al conocerse el parentesco con el entonces candidato a la gubernatura del estado de Morelos. Seis meses después, uno de los agentes que participó en la detención recibió una sentencia de 13 años de cárcel, “por abuso de autoridad”, y otros ocho policías más de cinco años. Para entonces Marco Adame Castillo, hermano y tío de los detenidos, ya era gobernador de la entidad. Son estos los mandatarios que ahora exigen honestidad a las policías.
El acto mismo de la “cumbre” derrocha hipocresía. No nos engañemos. Alejandro Martí habla “en nombre de la sociedad civil” porque pertenece a la élite empresarial del país. Mis respetos para un padre de familia que perdió a su hijo en esta tragedia; enhorabuena por su valor para expresar indignación y rechazo ante la negligencia de la autoridad. Pero la señora Miranda de Wallace, que perdió al suyo en condiciones similares, no recibió la atención presidencial, mucho menos las víctimas anónimas de cada día.
La cobertura de Televisa a las palabras de Martí opacó discursos de los mandatarios federal y estatales. “Si no pueden, renuncien”, fue frase aclamada como muestra del “empoderamiento” de la sociedad ante los políticos. Por supuesto que no hay tal. La clase política simplemente está respondiendo, como siempre, a la llamada de exasperación de los dueños del dinero. Por fortuna para toda la sociedad, en esta ocasión su exigencia coincide con la de todos. Pero tampoco podemos ser optimistas al respecto; tengan por seguro que la única meta que habrá de conseguirse es la reducción del número de secuestros, verdadero terror de los empresarios, y quedará intocado el tema de la inseguridad.
Si Calderón va a perder, ¿por qué no hacerlo con dignidad? Ahórrese las cumbres, Presidente: haga de la Secretaría de la Función Pública una aspiradora de la cloaca gubernamental, dedique el capital político que le queda a dar algunos quinazos, a forzar la salida de un par de gobernadores sátrapas, a procesar a media docena de panistas corrompidos. Antes de sanear las filas de las policías tendría que comenzar por sanear las filas de sus verdaderos jefes, esos que asistieron a la cumbre del jueves pasado.
Las marchas pueden ser útiles, pero también pueden ser absolutamente inútiles e incluso contraproducentes. A juzgar por las estadísticas sobre inseguridad, la marcha multitudinaria de hace cuatro años fue inútil, a pesar de que algunos aseguraron, conmovidos por la visión de cientos de miles de manifestantes, que “nada volvería a ser igual ahora que se ha expresado la ciudadanía “; y en efecto ya no fue igual, fue peor. Tampoco pareció servir la del 29 de noviembre de 1997 en la que marcharon Felipe Calderón, Santiago Creel o a Eduardo Bours, para exigir al presidente Zedillo poner fin a la inseguridad.
Alguien decía que las marchas son un fin en sí mismo, porque ejercitan a los ciudadanos en la defensa de sus derechos. No estoy de acuerdo. Cada vez que participamos en una marcha que no da resultados nace una nueva generación de desencantados. El recurso termina por desgastarse. ¿Cuántos que marcharon hace cuatro años ya no lo hicieron ayer, pese a que la inseguridad es aún mayor?
La peor marcha es aquella que deja la sensación en el ciudadano de haber cumplido con su tarea. La manifestación simplemente sirve como desfogue de indignación y da paso a la inmovilidad.
Convertirnos en masa sólo sirve si termina en el horno. De otra manera, es un desperdicio de harina y huevos que bien habrían hecho falta para otros fines. Quizá en otros países la mera expresión de miles de ciudadanos se convierte en mandato para la clase política. No en México. Lo importante no es la cifra definitiva de asistentes a la marcha de ayer. Lo decisivo, como en las bodas, es lo que suceda los días siguientes. Dejados a su arbitrio, los gobernantes harán algunos aspavientos tranquilizadores de cara a la multitud, emitirán edictos y harán discursos, y seguirán dedicados a otros afanes más inmediatos.
El problema con la inseguridad es que desborda a la clase política. No la resolverá, porque no puede. No es sólo un asunto policíaco; entraña el edificio completo de la impartición de justicia. Volcar recursos en los cuerpos de seguridad terminará simplemente por ampliar la capacidad de daño de un brazo ejecutor. Resulta absurdo creer que se pueden tener judiciales honestos sin sanear ministerios públicos, juzgados, prisiones y, claro, sin eliminar el influyentismo y la corrupción ¿Cómo pedirle a un judicial de Jalisco que ponga en riesgo su vida, si su procurador es descubierto en fiestas donde hay abusos de menores pero es protegido por el gobernador? ¿Cómo tener secretarios de juzgado intachables cuando su jefe exige alterar pruebas para otorgar permisos a un poderoso fraccionador?
Muchos de los que marcharon ayer están dispuestos a entregar una mordida para facilitar un trámite o para librarse de la molestia de una infracción ¿Con qué derecho le exigimos a un policía que no se corrompa para salvar la vida? Estamos contra la corrupción, pero a condición de que el combate en su contra la inicien otros.
La marcha será útil sólo si constituye el inicio de un compromiso ciudadano con una sociedad honesta. Servirá si deriva en un activismo en contra de la corrupción. Será útil si da lugar a una enorme batería de organizaciones ciudadanas capaces de exigir, monitorear e impulsar acciones concretas. Por lo pronto propongo una: apoyar a Insyde, una ONG de expertos en criminalidad y seguridad pública, que desarrolla modelos para certificar el estado de las policías y la capacitación del poder judicial, entre otros propósitos. Además de marchar, ¿cuál es su tarea? ¿qué causa adopta? www.jorgezepeda.net
Sin duda Raúl Padilla, el jefe político de la Universidad de Guadalajara, ha sido un hombre de intensos claroscuros. Cuando ha sido malo, ha sido bastante malo; pero cuando ha sido bueno ha sido mucho mejor, diría Mae West de haberlo conocido. Arrastra en su pasado la afrenta de haber sido presidente de la FEG cuando esa organización era poco menos que una mafia dedicada al control y a la represión de estudiantes, pero tiene en su haber la notable proeza de haberla despistolizado y neutralizado. Durante casi veinte años Raúl ha controlado la Universidad de Guadalajara con métodos que tienen mucho de corporativistas y clientelares, pero también es indudable que ha conseguido logros notables.
Y no me refiero sólo a la FIL y al Festival de Cine, que pusieron a Guadalajara en el panorama cultural del planeta. El proyecto de descentralización de la UdeG, con sus numerosos campus regionales es un modelo de referencia y no sólo en México. Sólo una voluntad política unificada como la que ejerce Padilla pudo romper las inercias centralizadoras de Guadalajara. Basta decir que, aparte de la educación superior, prácticamente todas las esferas de la vida pública han sido incapaces de sacudirse el monopolio asfixiante que ejerce el poder tapatío sobre su región. El liderazgo “transquinquenal” de Padilla permitió una estrategia de largo plazo de la que carecen los políticos, esclavos de la inmediatez electoral.
Pero los mayores aciertos de Raúl residen en “lo que no vemos”. El activismo inestable de universidades públicas como la Nicolaita en Morelia, la Universidad de Sinaloa en Culiacán, la de Hidalgo en Pachuca, la de Guerrero en Chilpancingo, la de Tlaxcala y un largo etcétera, ilustran lo que, por fortuna, no es la UdeG. Y vocación no le faltaba. Quizá ya se nos olvidó lo que padecimos en los setentas y principios de los ochentas: Preparatorias infestadas de porros y bandas subversivas, por un lado, o criminales, por otro, salidas de círculos estudiantiles. “El Pelacuas”, “Los Gorilones”, “El Cacique”… son nombre que aun inspiran animadversión y forman parte de una leyenda dejada atrás, gracias a que la fracción de Padilla se hizo del control de la Universidad y acabó con ella.
La segunda universidad del país pudo haber sido una fuerza desestabilizadora en la región, una caja de resonancia de todas las agitaciones, pero no lo fue. Incluso la UNAM o la Universidad de Nuevo León han pasado por largos períodos de huelga o movilizaciones, mientras la UdeG construía campus regionales y hacía de la FIL la joya de la corona.
Quizá el servicio que el liderazgo de Raúl Padilla prestó a la sociedad tapatía ya esté agotado. Por benigno que haya sido su caudillazgo, una sociedad que aspira a la democracia tendría que transitar a procesos más transparentes, inclusivos y horizontales. Pero antes de aplaudir la supuesta caída del grupo de Raúl Padilla asegurémonos que se esté dando por las buenas razones. Y desde luego, el embate de Carlos Briseño no es una de las “buenas razones”.
Basta ver los aliados del depuesto rector para darnos cuenta de que su propuesta constituye una regresión política, un viaje al pasado. ¿Qué hacen los líderes nacionales del PRI en un informe de rectoría? ¿Por qué debe la comunidad universitaria recibir al “gober precioso” en circunstancias en que incluso los académicos poblanos lo han repudiado? ¿Cual es el precio del espaldarazo de Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa? Herbet Taylor, brazo derecho del gobernador, ha hecho considerables esfuerzos para allanar el camino de Briseño, pese a que el gobernador asegura no estar metiendo las manos. La convocatoria de Briseño a la vieja FEG el jueves pasado no hizo sino confirmar los peores temores sobre el grupo político que intenta destronar la hegemonía de Padilla. Ninguno de estos apoyos será gratuito.
Y es que la Universidad de Guadalajara es un botín político que todos desean; la caída de la corriente que Raúl encabeza representaría el fin de la veda, el río revuelto que buscan los pescadores.
Por las razones que fuesen (ego, desconfianza o habilidad) Raúl Padilla logró aislar a la UdeG de la clase política local. En otras regiones, los políticos penetran a la universidad para hacerse de base social y, en ocasiones, de grupos de choque. No ha sido el caso en Jalisco. Pero las alianzas a diestra y siniestra de Briseño amenazan con romper esa neutralidad de facto.
Desde luego, Padilla cometió errores. Nunca debió vincular los intereses del PRD con los de la fracción política que domina a la Universidad. Ciertamente le proporcionó al líder relaciones personales con la élite perredista nacional. Y desde luego, si López Obrador hubiera ganado, muchos estarían alabando su habilidad. Pero más allá de cualquier cálculo político, no era correcto “amarrar” la vida universitaria a ninguno de los partidos. Simple y sencillamente por razones éticas, por el carácter “universal” que debe tener la universidad de todos. Y pese a ello, es tal la debilidad del PRD en Jalisco, que la alianza resultó inofensiva. Por lo menos mantuvo lejanos a los políticos profesionales del PRI y el PAN, partidos que sí tienen peso en la entidad.
Es cierto que puestos a decidir entre Briseño y el mundo oscuro que él representa, por un lado, y el liderazgo relativamente ilustrado que caracteriza a Padilla, por el otro, no hay duda sobre cual inclinarse. Pero también es cierto que Briseño llegó allí por la decisión de Raúl, lo cual lleva a preguntarnos si una universidad tan poderosa no requeriría ya de mecanismos de gobierno mucho más institucionales y abiertos, que no dependan de los aciertos o desaciertos de un “hombre fuerte”.
También es cierto que el liderazgo de Padilla dista mucho de ser una dictadura; la longevidad de su dirigencia se ha basado en su habilidad para escuchar, sondear y generar consensos dentro de la comunidad universitaria. Pero en última instancia es él quien toma las decisiones importantes.
Raúl Padilla sabía que su liderazgo no era eterno, y había comenzado un largo proceso de institucionalización y descentralización para modernizar a la Universidad, pero asegurando, al mismo tiempo, un férreo control del proceso para evitar desajustes y equívocos. Pero en este extraño y difícil juego de equilibrios y contradicciones optó por Carlos Briseño, un hombre en apariencia leal pero limitado intelectualmente. Como diría Díaz Ordaz refiriéndose a Echeverría, no pudo equivocarse de peor manera. Padilla traicionó su propio proyecto de modernización al elegir a Briseño, en aras del control, y acabó siendo víctima de su esbirro.
Al margen de lo que dictaminen los jueces sobre los dos rectores, es muy probable que el grupo de Padilla pueda sortear el embate tan tosco y apresurado de los briseñistas. Pero el conflicto dejó en evidencia las prácticas rezagadas, la necesidad de transparencia y la falta de pluralidad. Lo mejor que podría pasarle a la Universidad es que sean los propios padillistas los que aceleren el proceso de modernización y democratización en una transición benigna. Estamos ya en cuenta regresiva; si no se apresuran, los universitarios lo harán sin ellos. www.jorgezepeda.net