Sobre el 2 de octubre
El 68 mexicano es muy distinto del 68 francés. En París recordamos sobre todo la fiesta, con sus bellas frases: “La imaginación al poder”, y sus bellas imágenes: la joven rubia alzada en hombros sobre la multitud. En México, en cambio, recordamos la represión: la guerra sucia que surgió a partir del 2 de octubre.
La represión del movimiento estudiantil de 1968, simbolizada por Tlatelolco, significó el fin de la concordia de la sociedad con el régimen surgido de la Revolución, comenzado a construir por Calles hacia fines de los veinte, consolidado por Cárdenas a mediados de los treinta y modificado por Alemán en la década de los cuarenta, cuando los mexicanos aprendimos a vivir bajo la hegemonía del PRI. Marcó una fecha sangrienta que habría de trascender, sin embargo, no tanto por lo que sucedió, sino por lo que vendría. El 2 de octubre, en efecto, marcó el inicio de una etapa de represión que modificó de tajo la relación del Estado con la sociedad, en especial esa parte de la sociedad politizada y organizada que pertenecía a la izquierda.
La represión selectiva pero sangrienta suscitó reacciones distintas en la izquierda. Hubo quienes respondieron a la violencia institucional con la violencia revolucionaria, al optar por el paradigma de la guerrilla. El EZLN, surgido de las Fuerzas de Liberación Nacional, fundadas a su vez en 1969, es heredero directo de esta corriente de izquierda revolucionaria, a la que pertenecieron algunos de sus dirigentes más antiguos, como Fernando Yáñez, quien llegó a ser comandante del EZLN con el nombre de Germán.
Hubo en cambio quienes, sin ser reformistas, cuestionaron sin embargo el camino de las armas, al optar por acudir antes a las masas, convencidos de que para desencadenar la rebelión había que realizar trabajo de concientización entre quienes serían después las bases de apoyo del movimiento. Eran maoístas, no leninistas, pues sus miembros rechazaban la tesis de Lenin de destruir para luego construir (por vía de la insurrección) y aceptaban la tesis de Mao de construir antes de destruir (por medio de la zona liberada). A mediados de los setenta, su principal organización, Política Popular, fue desgajada por disputas que dividieron a sus miembros en dos grupos: Línea de Masas, presidida por Alberto Anaya, y Línea Proletaria, dirigida por Adolfo Orive y Hugo Andrés Araujo. Los tres estuvieron especialmente activos durante los noventa, cuando Anaya fundó el PT y Orive y Araujo trabajaron en Solidaridad.
Hubo quienes, en fin, acabaron persuadidos de que la reforma del sistema podía ser sólo realizada desde adentro, no desde afuera, al optar por aceptar, para intentar cambiar, las reglas del régimen del PRI. Fue la reacción más común de la izquierda frente al 2 de octubre. Muchos eran miembros del PCM, como Pablo Gómez, líder estudiantil en la Escuela Nacional de Economía. Pero la mayoría militaba en la izquierda del PRI. Los primeros protagonizaron las fusiones de los partidos que dieron origen al PSUM y, más tarde, al PMS; los segundos dirigieron la ruptura de la Corriente Democrática con el PRI. Ambos constituyen hoy la dirigencia del PRD.
Estas son nuestras izquierdas. Sus diferencias responden a sus orígenes, es decir, a la respuesta que todos ellos dieron, en su momento, a la represión de Tlatelolco.
Fichero archivado: Ejercito Zapatista de Liberacion Nacional
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