Supongamos el remoto escenario de que los pronósticos de los economistas del gobierno estén equivocados. Y la palabra gobierno incluye a los diputados y a sus asesores que aprobaron la Ley de Ingresos con base en esos pronósticos, lo que con objetividad los corresponsabilizaría de las consecuencias políticas del error. Pero no hay sentido de responsabilidad; buscarán obtener rentabilidad electoral de previsiones eventualmente equivocadas para dejar atrás en el olvido que en la sesión aprobatoria hasta se pusieron a cantar el Himno Nacional. Qué ternura; qué emoción.

Es imposible saber si el pronóstico del gobierno incluye el conjunto de condiciones políticas y sociales que rodearían el fallo en las predicciones económicas. Sólo como hipótesis y no por pesimismo —para que no se enojen—, partamos del supuesto de una caída de 2% en el producto nacional para examinar su contexto político.

Ese examen lleva de manera casi inevitable a contrastar los componentes de la gobernabilidad del 2009, ante una crisis económica derivada de la hipótesis enunciada, con algunos datos políticos relevantes que enmarcaron la crisis iniciada en diciembre de 1994 y que alcanzó su nivel más agudo en el primer semestre de 1995. Por supuesto que no se trata de una comparación económica de ambas crisis, con abismales diferencias entre sí en sus causas, manejo y desenlace.

No eran pocas las herramientas de gobernabilidad a la mano del presidente Zedillo. Había ganado la elección presidencial por 18 puntos porcentuales; un margen de legitimidad nada despreciable. Gobernaban en el país 27 gobernadores del PRI. El partido en el gobierno tenía mayoría absoluta en ambas cámaras y junto con el PAN hacían mayoría calificada; las principales organizaciones sindicales y campesinas estaban alineadas, si no al gobierno, sí al partido. Empresarios y banqueros eran, a pesar de su disgusto en materia económica, proclives al fortalecimiento del gobierno. Se ejercía un riguroso control sobre la radio y la televisión. El staff económico del Presidente, a excepción del efímero paso de Jaime Serra, era de probada capacidad técnica y de confiabilidad, incluido en él la habilidad negociadora del secretario de Relaciones Exteriores, José Ángel Gurría. Además, en el ámbito internacional, el presidente Clinton ejercía un sólido liderazgo político con una economía americana en pleno crecimiento. Era el inicio del primer año de gobierno, a dos años y medio de una elección federal. Por supuesto que las variables políticas no fueron totalmente neutrales a la magnitud de una crisis de -6% en el producto nacional: el EZLN aprovechó la situación para reactivarse; no faltaron grillitas conspiratorias de algunos senadores del PRI; Cuahutémoc Cárdenas y su partido proponían la caída de Zedillo y la creación de un gobierno de salvación nacional; se da el surgimiento de nuevas organizaciones sociales. Pero en balance, el contexto político de la crisis de 1995 fue el canto del cisne del verticalismo y de la disciplina del sistema de partido hegemónico.

El escenario que enfrenta Calderón en términos de condiciones políticas es muy diferente. Ganó por seis décimas de diferencia. Hay sólo siete gobernadores del PAN, que no necesariamente panistas. El partido del Presidente no tiene mayoría absoluta en ninguna de las dos cámaras federales y sumada su mayoría relativa a la fracción de cualquier otro partido no alcanza mayoría calificada. No existen organizaciones sociales intermedias, de alcance nacional, alineadas con el Presidente o con su partido. Hay molestia entre los empresarios con el gobierno por haber sido neciamente satanizados en declaraciones oficiales; los medios electrónicos gozan de una libertad inimaginable en los tiempos del PRI. El staff económico del Presidente ha incurrido en serias contradicciones declarativas y ha demostrado su poca estatura; no es confiable. En Estados Unidos, Bush ha perdido todo liderazgo, en 2009 inicia una nueva presidencia y la economía americana estará entre -1 y -2%, en el mejor de los casos. No es un socio que pueda servir de ayuda. No es el arranque de una administración; es el principio del tercer año a seis meses de una elección federal.

En medio de una crisis económica brutal, es notoria la superioridad, en cantidad y en calidad, de los instrumentos de operación y control políticos del presidente Zedillo respecto del presidente Calderón. La crisis económica del 2009 será menor que la de 1995, pero en términos políticos puede ser mayúscula.

Fichero archivado: Ejercito Zapatista de Liberacion Nacional

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