Historias: Comandante Antonio, cartas desde Almoloya
Jacobo Silva Nogales o Comandante Antonio, uno de los dirigentes fundadores del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente, detenido en 1999 a causa de una delación y encarcelado desde entonces en el penal de máxima seguridad de La Palma, relata los días en Almoloya en varias cartas escritas en su celda.
Además de cuestiones políticas, económicas y sociales, por la pluma del Comandante Antonio pasan narcotraficantes afamados, sicarios, secuestradores, ex militares y ex policías, con los que convive.
Los testimonios de barones de la droga cohabitan en los mismos párrafos en los que Silva Nogales cita a filósofos universales. El erpista se convierte así en un cronista ilustrado del mundo oculto de La Palma.
“¿Habías conocido antes a un capo? Pues ahora tienes la oportunidad de convivir día a día con algunos. ¿Y a secuestradores? Aquí hay varios de ellos. ¿Jefes policiacos? Hay varios también y ocuparon altos cargos. ¿Militares? Hay un teniente coronel y un capitán y ambos además son abogados. ¿Asaltantes de bancos? Podrías platicar cada que quieras con cada uno de ellos, como también con un asesino a sueldo y un narcojunior; hasta con un acusado de ser terrorista vasco podrás conversar”, soliloquia el guerrillero, quien es catalogado como prisionero de guerra del Estado mexicano por sus compañeros del ERPI.
MILENIO presenta fragmentos de algunas de las decenas de reflexiones escritas en Almoloya por Silva Nogales o Comandante Antonio.
Conductas Especiales y Máxima Seguridad, dos pasillos saturados en una misma línea recta, una tras otra, en uno de los extremos de la prisión. Es el lugar reservado para los castigados y para quienes por alguna razón no se desea que convivan con los demás presos.
En un principio, ambos pasillos eran utilizados indistintamente para ambos casos, seguramente porque eran pocos quienes eran aislados por tiempo indefinido, así que los castigados eran llevados a cualquiera de los pasillos y a ambos se les llamaba con los nombres ya citados o con el de Tratamientos Especiales, en el entendido de que así no recibirían el trato usual sino una especie de “terapia” o tratamiento para intentar modificar su comportamiento.
Jesús Gutiérrez Rebollo —general encargado de combatir el narcotráfico en 1996 y detenido en 1997 por su relación con Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos— y Daniel Arizmendi, El Mochaorejas —peligroso secuestrador aprehendido en 1998—, fueron de los primeros en pasar temporadas largas e indefinidas ahí. Después estarían ahí Marcos Tinoco, El Coronel, El Fugas, Andrés Caletri, El June, El Mayel, Benjamín Arellano Félix, Osiel Cárdenas Guillén, Flavio Sosa y otros de los más conocidos presos de esta cárcel, a los que se quiere impedir que se defiendan.
Entre ellos a veces se cuela uno que otro de los que no pueden convivir con los demás, porque son causantes de la agudización de los conflictos entre grupos de presos que participan en diferentes cárteles o porque son muy irreflexivos o muy conflictivos y se colocan en el papel de blanco de una posible agresión.
—¡Con que no quisiste decir lo que te dijimos, cabrón! ¡Toma! —le dice uno de los agentes en tanto le propina un golpe. Se encuentra en su celda después de una audiencia en la que tenía que realizar su ampliación de declaración. No dijo en ella exactamente lo que le habían ordenado sus torturadores, así que interrumpieron la diligencia ya iniciada y lo condujeron de regreso a su celda.
—¡Se me olvidó y me confundí! –intenta explicar.
—¡No te hagas pendejo! ¡Vamos a ir otra vez y vas a decir exactamente lo que te dijimos —le dicen antes de golpearlo otra vez.
—¡Sí! ¡Sí, señor!
—¡Repite lo que te voy a decir!
Y entre golpe y golpe se aprendió de memoria lo que diría ante el juez. Así lo hizo y ya no hubo golpes.
Es lo que cuenta Mario Aburto Martínez, su versión. Dice que, hasta donde él sabe, es el único preso en este penal al que agentes de la PGR o “del gobierno” han sacado de una audiencia para ser torturado. El suyo es un caso especial y no por eso sino porque está acusado de asesinar nada menos que a un candidato a la Presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio.
—A muy pocos he visto que admitan las acusaciones que les hacen y luego se sostengan en ello —dice Amado, acusado de secuestro.
—Yo de pendejo reconocía que era narco, dije que era campesino, pues tengo mis tierras y también las cultivo y lo pueden comprobar –comenta Rodrigo, quien sin saber leer ni escribir tenía posesiones que es difícil, casi imposible, creer que pudiese haber obtenido de manera lícita, entre ellas un hotel de varias estrellas.
—La mera verdad no se me hace muy cabrón fulano como para que sea lugarteniente de zutano —es común escuchar cuando llega algún nuevo al que la televisión publicitó como lugarteniente del poderoso jefe de un cártel del narcotráfico.
—¡Qué lugarteniente va a ser este cabrón, hombre! ¡No es más que un matoncillo! ¡Ya sabes cómo son de chismosos los periódicos! De por sí la policía aumenta la importancia de los que agarra, para aparentar que está haciendo un buen trabajo. ¿No ves que así se ganan los ascensos? —argumenta el que ya pasó por esa experiencia y tiene ojo clínico porque alguna vez fue lugarteniente y a su vez tuvo que elegir uno de entre los integrantes de su banda, porque se hizo jefe.
—Además, así los periódicos venden más y los noticieros tienen más rating. Y sirve también para que el gobierno mexicano presente ante la DEA un supuesto gran trabajo en el combate al narcotráfico y para encubrir la protección que les da a otros. ¿No te das cuenta de que nunca agarran a nadie del cártel de Julio?
¿Tendrán razón? Tal vez, por que nada es gratis en esta vida y la mayoría se han reducido a ser, fundamentalmente, reproductores de boletines oficiales, y nadie tiene que convencerte de que las versiones oficiales no acostumbran apegarse a la vedad, pues lo has vivido en carne propia y lo has comprobado en otros casos.
—Cuando vi las noticias en la televisión, pensé: ese hombre debe ser muy fino, muy delicado, si hasta la taza del baño de su casa era de oro —dice el narcojunior, bromeando.
—¡No hombre! ¡Puras mentiras! Si muchos periodistas fueron después a ver la casa pensando que era cierto que las chapas eran de oro también, pero cuando vieron que no era así, sino que eran comunes como las de cualquier casa, ya no aclararon nada. Dice mi mamá que hasta llegaron turistas de Estados Unidos en un autobús para ver la casa y le pidieron permiso y ella los dejó pasar. Los medios cuando quieren chingar joden y bien feo. Con eso justifican cualquier cosa que haga el gobierno contra uno. ¿Y cómo te defiendes?
—¿Ya notaste que hay otro grupo de presos hacia los cuales hay también una actitud de desprecio, por parte de algunos?
—Sí, mira al “prieto”, a Fagoaga o a Regino. ¿A qué se debe el desprecio y la desconfianza que por la diplomacia no llega al rechazo abierto?
—Ya sabes que los tres son secuestradores, así que a eso puede deberse la actitud que ya notaste, así que si la misma existe también hacia los demás que están aquí por el mismo delito, eso querría decir que a eso se debe su especial situación.
—Yo puedo soportar que alguien robe o que asalte o que mate por sueldo, pero a los que no trago es a los secuestradores —dice don Ricardo, acusado de narcotráfico. Es que no sólo destruyen al secuestrado, sino a las familias.
—Es cierto que nosotros los traficantes causamos mucho daño —dice César—, pero a nadie obligamos a que nos compre la droga ni le ponemos la pistola en la cabeza para que consuma coca o mariguana, como hacen los secuestradores para que la familia pague el rescate.
—Me dicen El Ceja Güera y estoy castigado desde hace siete meses. Estoy en aquel pasillo —dice, señalando hacia otro edificio— y no hay nadie con quien yo pueda platicar.
Hace mucho tiempo que no había nadie en esta estancia.
—¿Cómo te llamas? —pregunta. En cuanto respondes te interroga acerca de la acusación que te hacen. Se lo dices y muestra mucha simpatía y cuenta que conoció a guerrilleros de los años 70 y que ocasionalmente los apoyaba económicamente.
¿Será cierto? ¿No será que es una de esas personas que adaptan su discurso a las características del interlocutor? Ya has conocido gente así allá afuera, son los “comodines” que donde quiera encajan. En este caso no puedes dilucidar cuál sea la verdad, pero de su narración se desprende que cuando menos vivió en Sinaloa durante el tiempo en que por allá surgió parte de un grupo armado.
Dice que era muy conocido en su zona y que conoció a algunos de los dirigentes del movimiento estudiantil que eran sus paisanos.
Eso puede ser cierto ya que por allá el movimiento estudiantil dirigido por Los Enfermos, llamados así por su radicalismo izquierdista, fue muy fuerte y tenía influencia en algunas áreas rurales y fue uno de los grupos que dio origen a la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Cuenta algunas anécdotas que tienen que ver con el movimiento popular de esos tiempos y con su participación en el narcotráfico al que sin ambages reconoce haberse dedicado.
Se dice que este pasillo es especial por una razón: “Es el pasillo de los capos” —diría alguien. “Ahí están los chacas” —comentará uno de otra sección o pasillo con los que sales al patio.
¿Capos? Jefes de la mafia, podría decirse si se trata de otro país como Italia o Estados Unidos, aunque en México y América Latina se les llama así a los jefes o integrantes de alto nivel de los cárteles del narcotráfico. A dos de los que están en este pasillo se les acusa de eso precisamente: Juan José Quintero Payán y Luis Ignacio Amezcua Contreras.
Hay otros dos que son integrantes de alto nivel de un cártel; hay también un militar, teniente coronel acusado de brindar protección a narcotraficantes y de participar en el homicidio de un policía; otro es un militar retirado con el grado de capitán, acusado de participar en un grupo de narcotraficantes; uno más es un comandante de la Judicial Federal acusado por el homicidio de Norma Corona, defensora de los derechos humanos en Sinaloa; otro era el jefe antisecuestros de Morelos, acusado del homicidio de un secuestrador.
Con excepción de los generales Jesús Gutiérrez Rebollo y Jorge Mariano Maldonado Vega, quienes se encuentran en otra sección, aquí están los de más alto rango en sus respectivas áreas, lo que quiere decir que en verdad es especial este pasillo; especial por sus habitantes, no por algún tipo de privilegio.
Fichero archivado: EPR
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