Para Adis, Meztli, Diada, Tlalti y Erica,

cuyo mundo parece, a veces, componerse.


La noche del pasado 4 de noviembre, mientras medio mundo (y quizás ahora, como nunca antes, la expresión coloquial sí sea la más justa) seguíamos de cerca el desarrollo de las elecciones en Estados Unidos, en México una noticia acaparó la atención de los medios de comunicación: el accidente aéreo que arrebató, hasta el momento, la vida de 13 personas, entre ellas los funcionarios de la administración calderonista responsables (sic) de la política interior del país y de la implementación de la reformas recientemente aprobadas en materia de seguridad y justicia penal.

No pude evitar pensar en las conversaciones más recientes con mi maestro José Ramón Enríquez invitándome a cardar fino y descubrir grises allí donde suelo ver blancos y negros, en lugar de tejer grandes puntos de cruz que reduzcan lo complejo en arribas y abajos, izquierdas y derechas, y me guardé para mis adentros (y para quienes tenía más cerca) el ¡Ja! que se acurrucó a un lado del niño que todos llevamos dentro y que en mí se ha permutado en una panza que Dios guarde la hora.

El ¡Ja!, sí; lo reconozco: esa onomatopeya que suele brotar de cuando algo nos ha dado gusto, pero que por no dejar de ser políticamente correctos terminamos limitando al pequeño espacio que el superyó deja libre al paso de simples, pueriles y sardónicos comentarios.

Sin embargo, señoras y señores, la culpa no ha sido mía; sino de quienes por arte de magia, como si la muerte tuviera algún efecto purificador, convirtieron a un par de hombres, el uno señalado por tráfico de influencias y uso indebido de funciones y el otro célebre por exonerar gobernadores cuyas filias (no sólo su bragueta) se entrecruzan con las redes del narcotráfico, en candidatos, sobre todo el primero, a la canonización laica que le garantizará su nombre en letras doradas en alguna de esas carpas que llaman cámaras legislativas, cuales próceres de la patria. Es verdad que ya endenantes Alfonso Reyes había escrito aquello de que somos un pueblo fundado en la amnesia voluntaria; pero esto ya fue el colmo… o quizás no.

Así, prefiero de todas maneras, por esta vez al menos, regresar la mirada al país que se ostenta como la mayor potencia económica y militar del planeta. No nada más porque me parece fascinante que el hijo de una antropóloga social proveniente de la nación indígena de los wichita y de un keniano que se graduó en Economía haya llegado a ser electo presidente de Estados Unidos, sino porque el destino de mi país está estrechamente ligado al futuro que depara a nuestros vecinos del Norte.

En aras de acercarme al entramado fino, acepto que en este caso el ¡ja! tuvo muchos destinatarios: la derecha ultraconservadora estadounidense, los guerreristas que aún hoy mantienen invadidos Irak y Afganistán y amenazado al mundo entero o las buenas conciencias que no hallarán un rincón donde esconderse cuando aquél que les recuerda su genealogía de esclavistas jure solemnemente conservar, proteger y defender la Constitución de los Estados Unidos de América.

No obstante, no puedo creer que el triunfo de Barack Hussein Obama Hijo llegue a significar un cambio radical en la política imperialista del Estado-nación que con Roosevelt se reconociera como garrote del mundo. Obama, como López Obrador, es un hombre que siendo políticamente producto de un sistema, tampoco tiene la más pálida intención de cambiar el sendero que el modo de producción capitalista ha trazado para nuestros países… guardando, claro, las proporciones.

Para quienes nos ratificamos como adherentes de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona tanto en México como en otras partes del mundo, la llegada de Obama a Washington es sin duda una oportunidad de oro para reforzar las resistencias y rebeldías que nuestros colectivos, organizaciones y pueblos sostienen contra el capitalismo; porque la política de gobierno que conduzca el próximo huésped de la Casa Blanca, se significará cual verdadero interlocutor entre el mundo que es posible redondeando las aristas a la explotación, maquillando el despojo, suavizando la represión, endulzando la burla, y el mundo que es urgente: el de la colaboración y el desarrollo sustentable, el de la equidad y el reconocimiento de derechos sociales e individuales, el de la paz y la democracia verdaderas, el del respeto para con uno y hacia los otros como premisa.

Por ello, reitero: bienvenido sea el triunfo del señor Obama, y aprovecho, con esto, saludar al pueblo estadounidense que finalmente ha decidido cobrar la factura de crimen y estupidez que las derechas les (nos) han estado recetando. No es verdad que “el cambio haya llegado a América” (la sola locución monroeista da muestra de ello); pero algo es algo.

Fichero archivado: Politica Mexico

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