El cuento del fraude y el espejo mexicano
La derecha mexicana en el poder tuvo serios problemas para elegir a su representante en las elecciones presidenciales del año 2006, y perdió un tiempo valioso debatiéndose en desgastantes pugnas internas. Para cuando esa crisis fue resuelta a favor de la candidatura de Felipe Calderón, ya todas las encuestas reportaban una amplia ventaja para la izquierda y su candidato, Manuel López Obrador.
Esa situación, que razonablemente dio base al optimismo en la izquierda, pronto degeneró en un triunfalismo que disparó hacia el delirio, mesiánico y confrontativo, el discurso de López Obrador. Confiado en sus números, este radicalizó su oferta, puso en cuestión al sistema y sus instituciones, y echó más leños a la hoguera de la polarización política. En esa dinámica, López Obrador presentó la elección como una especie de Juicio Final, en el que el fuego de la ira popular castigaría implacable a sus enemigos y purificaría el país.
Ello le valió el aumento del fervor de su voto duro, pero comenzó a minar la adhesión de las capas medias y de los intelectuales, que suelen desconfiar de semejantes extremismos. Por otra parte, y al tiempo que un sector de su partido comenzó a organizar los famosos círculos bolivarianos y a reivindicar su identidad con el modelo venezolano, López Obrador coincidió con el coronel Hugo Chávez en una campaña de groseros ataques al presidente mexicano: mientras uno le gritaba “cállate, chachalaca”, el otro le llamaba “servil cachorro del imperio gringo”. Las encuestas entonces empezaron a modificarse. Lo que López Obrador había ganado explotando el descontento, lo perdía generando el miedo.
Pero López Obrador, que había validado las encuestas cuando le fueron favorables, ahora las denunció como parte de una conjura en su contra orquestada por los grandes medios de información.
Las últimas mediciones realizadas, antes de los comicios, reportaban un resultado a su favor pero muy cercano al empate técnico. Sin embargo, el líder de izquierda siguió sosteniendo que él mantenía en realidad una amplia ventaja.
Lo más grave fue que en lugar de readecuar su estrategia, en el sentido de lanzar señales verosímiles de moderación, para superar la desconfianza de los electores indecisos, más bien enfatizó las consignas orientadas a elevar el triunfalismo de su voto duro, al cual aseguró con insistencia que su victoria era ya un hecho indiscutible, y que cualquier otro resultado solo podría producirse como efecto de un fraude. Para rematar, una minúscula guerrilla, remanente de los años setenta, reapareció en los estados de Oaxaca y Guerrero.
Llegó el día de las elecciones y del conteo de los votos. El Instituto Federal Electoral le dio el triunfo a Felipe Calderón por un apretadísimo margen; mismo que, luego de resolver todas las impugnaciones, fue ratificado por Tribunal Electoral del Poder Judicial. López Obrador se declaró víctima de un fraude, desconoció la legitimidad de las elecciones y llamó a la resistencia en las calles.
Cuando le recordaron que había aceptado competir bajo las reglas del juego institucional, respondió: “Al diablo las instituciones”, y se autodeclaró “presidente legítimo de México”.
López Obrador tuvo y perdió la posibilidad real de convertirse en presidente. Emergió como un líder carismático y se convirtió en un fenómeno político, pero mareado o ensoberbecido por sus éxitos iniciales, se transformó en la imagen misma de la prepotencia, la intolerancia y el rencor vengativo. Al final fue derrotado, dividió a su propio partido, atomizó a la izquierda mexicana, dilapidando largos años de acumulación de fuerza, y pasó a ser un mero caso de estudio psicológico relacionado con la megalomanía y el delirio de poder. Esta es la historia y puede muy bien ser un espejo para nosotros.
Fichero archivado: Ejercito Zapatista de Liberacion Nacional
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