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¿Qué es la perfección? A los que amamos el beisbol no nos cuesta trabajo definirlo. Es tirar un juego sin que un sólo corredor se embase. Enfrentar a 27 jugadores durante un juego y vencer a los 27. Ni un hit, ni una base por bolas, ni un golpe, ni un error, simplemente pitchear perfecto.

La perfección no es fácil de lograr, no es cosa de todos los días. Desde 1900 sólo 16 pitchers lo han logrado. Es el momento cumbre de una carrera, asegurar la inmortalidad.

Para hacernos una idea, sólo este año, se jugaran 2430 partidos en temporada regular, más otros al menos 23 de postemporada. Ahora, multipliquemos eso a más de un siglo de temporadas de las grandes ligas. Estamos hablando de miles y miles de partidos donde han salido dos pitchers con la oportunidad y el sueño de lograrlo. Pero sólo muy pocos encuentran el momento de la gloria.

Y lo interesante es que no tienes que ser el mejor para conseguirlo, es más, aún siendo el mejor, muy probablemente nunca lo logres. Es una mañana, una tarde o una noche en que las estrellas se conjugan, es magia pura.

Mark Buehrle se unió el día de ayer al grupo de los perfectos y se convirtió en el dieciseisavo en lograrlo, el segundo en este siglo tras el legendario Randy Johnson. Sólo dos en esta década, pero no es poco pensando que en cuatro de ellas del siglo pasado no hubo un sólo juego perfecto.

Pongámonos en los zapatos de Buehrle un momento, en ese de la novena entrada, faltando apenas tres outs para la hazaña, y donde tras lanzar la pelota está fue encontrada por el bat enemigo. El trueno que se escuchó producto del choque de la madera y la bola hizo que el corazón de Buehrle se le cayera el piso. A tan sólo tres outs de completar la hazaña, la pelota cruzó como un meteoro el diamante y atravesaba los jardines alejándose cada vez más y más, marcando un camino perfecto para convertirse en el home run que acabaría con su sueño.

Ahora, imaginemos ser DeWayne Wise corriendo por el pasto, jardinero central, viendo que la barda verde está cada vez más cerca y la pelota no frena su vuelo. Llegar a la zona de advertencia, esa zona de arcilla justo al final de prado, brincar contra la barda y extender el guante por encima de ella. La pelota golpea contra la parte más alta del guante, excitada aún, juguetea haciendo temer lo peor hasta que finalmente se anida en él y se queda ahí para siempre.

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Buehrle le estará eternamente agradecido a Wise, sin duda. Esta fue una jugada heroica, nadie hubiera podido reprocharle a Wise haber fallado. Sin embargo, a tres pitchers les echaron a perder juegos perfectos durante el siglo pasado por errores de sus jugadores de campo.

Es que los nervios de las últimas entradas en un juego perfecto hacen que el más templado se doble. Una costumbre, o una regla no escrita ente los beisbolistas, es que cuando las entradas pasan y nadie se ha embasado y se aproxima un juego perfecto, entre los jugadores jamás se dice o se habla de esa posibilidad. Todos intentan sentir que están en un juego normal, pero no es nada normal.

Acabado el juego, tras la emoción y el festejo, sonó el teléfono de Mark Buehrle. Era el presidente Barack Obama que llamaba para felicitarlo. Puedo imaginar perfectamente que en ese momento, el Presidente del país más poderoso de la tierra, no se sentía más que otro aficionado de los White Sox y del beisbol entregado por completo al hombre de la hazaña.

Lista completa de partidos perfectos

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