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El ex presidente sabía que tenía que cubrir el requisito médico impuesto por la Iglesia Católica

Fox podría no contraer matrimonio religioso

Ya están resueltos todos los papeles de nulidad eclesiástica, tanto de Marta como míos, dijo el ex mandatario

Despedida

Durante quince años he intentado dialogar sobre la realidad política y social desde este espacio semanal. Más de cinco mil artículos en los que a veces con perplejidad, en otras con angustia y en muchas ocasiones con indignación, busqué ofrecer algún ángulo adicional, un pliegue no atendido de una noticia, una pizca de esperanza en el dobladillo de una infamia.

El hecho de que se publique en 21 diarios y que varias docenas de lectores se tomen la molestia de responder cada domingo, indica que no han sido pocas las personas que han pasado por estas reflexiones a los largo de los años. Pese a los errores cometidos, que tampoco han sido pocos, espero haber sido útil en la difícil construcción de un poco más de tolerancia en la llamada conversación pública.

Mentiría si dijera que escribí esencialmente para los lectores o para los amigos, como suelen decir muchos autores. Con el paso de los años me di cuenta que escribía por razones un poco más egoístas. Celebraba el arribo de la mañana de cada viernes como otros anhelan su dosis de diván psicoanalítico. Reflexionar sobre el tema de la semana acabó convirtiéndose en la única manera de exorcizar una realidad absurda y muchas veces insoportable. Y no es que escribir resolviera algo, pero el simple esfuerzo de intentar explicar una infamia o entender sus orígenes y consecuencias, permitía de alguna manera acotarla, definirla y etiquetarla.

¿Cómo digerir que el único “accidente” aeronáutico fatal en meses sea justamente el de los dos hombres más amenazados por el narcotráfico? ¿Cómo aceptar el hecho de que el asesinato de Colosio, y por consiguiente el cambio de la historia de México, haya sido una ocurrencia disparatada de un tal Aburto? Peor aún ¿Cómo vivir con está creciente certidumbre de que el narco y la inseguridad no van a irse, que han llegado para instalarse, que ya son parte del México que será? Gracias a este espacio semanal entendí que ponerle nombre y coordenadas a los problemas no los deja atrás pero permite canalizar la angustia y afrontar la realidad.

Esta ha sido mi última sesión “terapéutica” semanal. Hace unos días asumí la Dirección Editorial del periódico El Universal en la Ciudad de México. El trabajo de analista político, por más honesto y objetivo que intente hacerse, necesariamente refleja tendencias y matices personales. Nunca oculté mis preferencias por determinadas causas y mi rechazo a rasgos y proyectos políticos que considero adversos para la construcción de una sociedad más democrática y más justa.

Como director sigo pensando lo mismo, pero las herramientas son otras. La conducción de una planta editorial implica el respeto al conjunto de los periodistas y colaboradores que lo conforman. Pero, sobre todo, el respeto a las y los lectores y la opinión pública que espera de un diario información confiable y sólida, recabada y editada bajo códigos profesionales y ajena a las fobias y filias de sus directivos.

Con todo, extrañaré el diálogo y el contacto semanal con ustedes, mis lectores. Después de tantos años esta columna se convirtió en una conversación plena de coincidencias y disidencias, pero siempre aleccionadora. Me quedo con la convicción de que en este diálogo el más enriquecido he sido yo. Gracias por eso, gracias por todo. www.jorgezepeda.net

Navarrete señaló que infiltración del narco se profundizó con la salida del ex procurador Rafael Macedo de la Concha

El PRI y el síndrome de Estocolmo

No importa qué hagamos o qué suceda, el PRI sigue allí. Los gobiernos de alternancia han provocado lo que parecía imposible en el 2000: que alguna vez llegásemos a extrañar al antiguo régimen. Lo cierto es que los sondeos pronostican un triunfo aparentemente inevitable por parte del tricolor en los comicios de 2009 para la renovación del Congreso. Y de seguir las cosas así, la campaña presidencial para el 2012 será un paseíllo para Enrique Peña Nieto y su novia.

La mayor tragedia de la primavera democrática que el país vivió en el 2000 cuando el voto puso fin a 70 años de partido único, es que nuestro Obama se llamó Fox. La derrota del tricolor generó oleadas de esperanza hace ocho años, incluso entre los que votaron por el PRI. Entre sorprendido e ilusionado, el país entendió que entraba en zonas inéditas de la historia. Un poco como ahora los norteamericanos se sienten con respecto al triunfo de Obama. Pero el extraordinario candidato que había sido Fox se convirtió en un presidente frívolo y acomodaticio, interesado únicamente en disfrutar su arribo a la cúspide. El foxista no sólo fue un sexenio perdido, representó, además, una extraordinaria oportunidad histórica desperdiciada.

El caso de Felipe Calderón es distinto. A mi juicio ha cometido errores pero a diferencia de Fox nadie puede escatimarle el hecho de haberlo intentado. Incluso a costa de amenazas personales y una fatiga crónica cada vez más perceptible. La pregunta de fondo es si realmente ha tenido oportunidades. Fox hizo mucho más que dilapidar el bono democrático. Calderón entró a Los Pinos con un patrimonio político en números rojos y muy escasos márgenes de maniobra. No es un logro menor haber obtenido las reformas (así sean tibias) con tan escasos recursos. Pero la inseguridad pública y la crisis económica internacional han consumido el precario capital político que con muchos trabajos y no pocos altibajos Calderón había podido acumular.

Ante la incapacidad del gobierno panista para ofrecer respuestas, muchos extrañan a los priistas porque “al menos tenían oficio político”. Un empresario afirma que los panistas tampoco resultaron honestos: simplemente ahora “las mordidas” son más altas porque son “más honrados”. Las elecciones del domingo pasado en Hidalgo, casi otro carro completo para el PRI, confirman lo que parece ser una inexorable cadena de triunfos regionales que conduce a la entrega final del poder.

¿Que hemos hecho los mexicanos para merecer lo que parece una regresión política? ¿Qué hemos dejado de hacer? Desde luego, Fox no fue Obama y eso es parte de la explicación. El cambio, o la ausencia de cambio, no han ofrecido muchos deseos de seguir experimentando. Por su parte, la opción lopezobradorista le parece a muchos un salto al vacío (por razones que escapan a este espacio).

Los triunfos del PRI llevan a pensar que, ante la incertidumbre, los mexicanos optan por un pasado maquillado, por la nostalgia distorsionada. Una especie de síndrome de Estocolmo colectivo: los antiguos victimarios ya no parece tan malos. Y ni siquiera se trata de un PRI renovado. Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones, los jefes del Congreso no son precisamente prototipos de un renacimiento. Peña Nieto arrasa sin siquiera tener que exponer ideas nuevas o prometer una plataforma de cambio. Puntea simplemente porque difunde spots en los que aparece haciendo lo mismo que los presidentes del viejo régimen: inaugurar obras y presidir mítines.

Ninguna sociedad ha progresado pensando que más vale malo por conocido que bueno por conocer. Y sin embargo, todo indica que el país ha comenzado a inclinarse en esa dirección. www.jorgezepeda.net

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