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Carlos Slim y López Obrador, otra vez

Se habla mucho de los suicidios políticos de Andrés Manuel López Obrador y de su tendencia a pegarse balazos en el pie. Ya “lo perdimos”, se afirma luego de su fallido cerco en el Senado para impedir la aprobación de la reforma petrolera. “Hay que partirle el queso”, dijo este viernes Vicente Fox, solazándose con la posibilidad de darle por fin un tiro de gracia político.

Yo creo más bien que López Obrador es el Carlos Slim de la política. Sus reservas son prácticamente ilimitadas. Y no tanto por mérito del tabasqueño, sino porque está colocado justo donde soplan los vientos históricos. Slim y Andrés Manuel son los dos mexicanos que habrán de salir más “beneficiados” de la crisis económica. Slim padecerá la caída del valor de sus acciones, pero acabará adquiriendo muchas empresas a precios regalados.

Algo similar sucederá con AMLO. Se afirma que ya sólo es seguido por un grupo de resentidos sociales. Puede ser, pero si quitamos el matiz peyorativo, lamento decir que el país está a punto de colmarse, literalmente, de “resentidos” sociales como resultado de las penurias económicas que se avecinan.

En este espacio he insistido que la crisis de los dos próximos años asolará a los sectores más desprotegidos, a diferencia de la crisis del 95 que castigó duramente a las clases medias. La diferencia es que hace trece años Estados Unidos experimentaba una bonanza, hoy está en recesión. Eso significa caída de remesas, regreso de paisanos, cierre de maquiladoras, desplome del precio de petróleo, caída de exportaciones y, en cascada, cierre de fuentes de trabajo en México. El precio internacional de los alimentos seguirá subiendo.

Todo lo anterior significa que muchos que no eran pobres, comenzarán a serlo; y peor aún, aquellos que ya lo eran descenderán varios escalones en el infierno de la miseria. Del otro lado, el subsidio a la pobreza por parte del gobierno disminuirá debido al achicamiento de la recaudación fiscal producto de la caída de los ingresos petroleros y, en general, del decrecimiento de la actividad económica. Los programas de asistencia social habrán de ser recortados, pues la mayor parte del gasto público está amarrado (sueldos y deuda pública).

En resumen, mucha gente tendrá motivos para estar resentida con el sistema y en contra de instituciones incapaces de ofrecer respuestas. No creo que eso se traduzca en alguna posibilidad electoral encarnada en López Obrador de cara al 2009 o al 2012. Por el contrario, la insatisfacción en el “mundo institucional” habrá de cosecharla el PRI en ambos comicios. Pero la molestia social de los estratos sociales más pobres habrá de radicalizarse y constituirá una reserva permanente de capital político para AMLO.

¿Qué va hacer López Obrador con ese patrimonio? Se convertirá en un reventador crónico e irresponsable, como dicen sus detractores, o en un Alter Ego o Defensor del Pueblo contra los abusos del sistema y de la clase política? Su actuación en la reforma petrolera da pie para ambas versiones. Su oposición a la “privatización” evitó que hace seis meses se firmara un acuerdo entre cúpulas. Pero su exabrupto de esta semana, para añadir 12 palabras al acuerdo petrolero que ya había ganado, revela que aún opera desde el resentimiento.

AMLO puede convertirse en cualquiera de las dos cosas: caudillo de la ruptura, o verdadero Ombudsman de los intereses populares. Una cosa es cierta, contra los que ya los suicidaron políticamente, hay que decir que, para bien o para mal, hay Peje para buen rato. www.jorgezepeda.net

Héctor Larios Córdova, aseguró que los siete dictámenes de la reforma energética serán analizados y, en su caso aprobados

Le Clézio, la cerca inconclusa

Publicado en revista Día Siete, el domingo 19 de octubre, 2008

Jean Marie Le Clézio no es como todo el mundo. Es un hombre bastante alto, delgado, de espalda ancha y pelo de paja, con el rostro huesudo surcado de marcas de la vida. Con sombrero y un cigarro en la boca podría ser el perfecto vaquero Malboro; y en uniforme castrense podría mimetizarse en oficial de la Gestapo. Pero cuando lo escuchas te das cuenta que Le Clézio no se parece a nadie. Y cuando lo lees, lo confirmas.

Los libros del nuevo nobel de literatura son demasiado variados, más de cincuenta, para poder encasillarlo fácilmente. Él mismo no parece ser de alguna parte. De padre francés y madre inglesa, creció entre Niza, la Isla Mauricio en África, Tailandia e Inglaterra. Vivió en México, en Panamá y otra media docena de países. Actualemente reside en Nuevo México aunque nunca ha parado de viajar.

Lo conocí hace veinte años en Zamora, en El Colegio de Michoacán, dónde llegó a impartir algún seminario durante su estancia de varios años en la región Purépecha. Residía con su familia en una casa grande y arbolada en las afueras de Jacona, una especie de Coyoacán zamorano. Jean Marie solía evitar toda reunión social mayor de cuatro entre la pequeña babelia de investigadores del Colmich, pero gustaba de cenar en parejas en la cocina amplia y acogedora de Jemia, su esposa marroquí.

Fue allí donde le comentamos que pasaríamos un año en París y nos hizo prometerle que le visitaríamos en Niza, su ciudad natal, a donde pensaba regresar proximamente. Tiempo después, fieles a la promesa, en diciembre de 1989, Gladys, mi esposa entonces, Camila de cinco años y yo tomamos un tren en París que nos llevaría a la Costa Azul. Para entonces llevabámos suficiente tiempo en Francia para saber que Le Clezio era un autor de culto en Europa. Al que había tomado por un colega enigmático y excéntrico resultó ser un escritor reverenciado por las élites culturales parisinas, entre otras cosas por su renuencia a dejarse ver por ellas.

En las semanas previas yo había intentado leer Le Procès-verbal, su primera novela, que a los 23 años lo había hecho célebre. Me parecía una descortesía pasarme varios días en su casa sin conocer otra cosa que algunos ensayos de antropología purépecha, para mi gusto un tanto oscuros y oníricos, de su época michoacana. Pero encontré el libro aún más esotérico e intimista. Por fortuna cayó en mis manos Desierto, una maravillosa novela sobre los hombres azules del Sahara, que terminé en el vagón del tren. Cuando arribamos a la estación de Niza estaba un poco intimidado.

Pero nos encontramos a un Jean Marie tan genuinamente halagado de que le hubiésemos visitado que inmediatamente nos sentimos en casa. Esa noche me preguntó si podía ayudarle en algunos trabajos caseros que había prometido a Jemia desahogar durante las vacaciones de fin de año. Aprobé su plan, encantado de olvidarme por un rato de los libros del doctorado.

Los siguientes días nos propusimos construir un obstáculo para evitar que los perros invadieran una especie de huerto familiar que Jemia venía trabajando en el traspatio. Concebimos el proyecto la primera noche reunidos en torno a la mesa de la cocina, que parecía ser el centro de la vida de los Le Clézio. Consistía básicamente en imitar un dibujo que su hija Anna había hecho en el jardín de niños. Se trataba de una casa de techo triangular, rodeada por una cerca de estacas terminadas en punta, pintadas de un rojo brillante. Era una imagen sencilla que reproducía muy bien el estilo rústico, y algo cándido, que nos habíamos propuesto. Anna, la improvisada arquitecta de ocho años de edad, estaba exultante.

Mis habilidades manuales son inexistentes, pero el atuendo menonita con el que apareció el escritor al día siguiente, sugerían capacidades suficientes para construir graneros y cabañas a partir de un bosque virgen. Las herramientas pre industriales de Jean Marie reforzaban esa impresión.

Los problemas comenzaron de inmediato. Nos tomó media mañana afilar el extremo de una media docena de tablas. Primero trabajamos por separado, cada quien con su tabla, pero éstas se resistían a quedarse quietas mientras intentábamos mejorarles el perfil. Entonces decidimos atacarlas juntos, una por una, hasta que los machucones mutuamente inflingidos nos llevaron a concluir que las cercas terminadas en punta estaban sobreestimadas por los cuentos infantiles.

Optamos por hundir las tablas tal como venían, confiando en que su punta cuadrada y dispareja fuese percibida como una muestra de rusticidad sofisticada y no como una señal de incompetencia.

Habíamos pensado unir las estacas verticales con dos sendos tablones horizontales, paralelos al suelo, pero resultaron mucho más cortos que el perímetro de cinco metros que intentábamos encerrar. Así es que asimos las estacas con alambre y clavos en un lastimero rosario, como Dios nos dio entender. Por el resultado nadie dudaría que fuesemos ateos. Al final del día la cerca no era precisamente un Muro de Berlín. Más bien podía tomarse por la valla de una cárcel tercemundista. Nos consolamos con la esperanza de que la aplicación de un poco de pintura al día siguiente alegraría nuestra obra. Esa noche dormimos fatigados y felices, con la satisfacción que debieron experimentar los constructores de pirámides.

A la mañana siguiente la cerca había desaparecido. No es sólo que estuviera caída; los perros habían desenterrado buena parte de las estacas y las habían dispersado por el huerto. Lo tomamos como una ofensa personal y decidimos modificar el método de trabajo. El resto del día lo pasamos serruchando, lijando y atornillando. Hacia las cinco de la tarde contemplamos lo que parecía una cerca razonablemente profesional. Fuimos a la cocina a lavarnos y a informar ufanos que habíamos concluido la tarea. Abrimos un vino y con la familia en pleno regresamos al jardín para festejarlo. Encontramos a los perros destrozando lo que quedaba del huerto; se habían colado por debajo de la cerca –demasiado alta- mediante el simple recurso de escarbar ligeramente en la tierra blanda.

Esa noche vieja recibimos el año 1990 y brindamos por una vida llena de libros, periódicos y teclados, ausente de pinzas y serruchos. Al día siguiente nos dedicamos a rodar la costa en su viejo auto.

Nunca más lo he vuelto a ver. Su nomadismo y mis desarraigos desfavorecen los encuentros. Pero de vez en vez me sorprende el insomnio sospesando sobre la almohada nuevas y mejores técnicas para terminar la cerca inconclusa. www.jorgezepeda.net

Fox ‘corrige’ a Ugalde por 2006

Dice que PAN repitió en el poder gracias a que él gobernó bien

Manuel Espino Barrientos, actual líder de la ODCA, aseguró que el ex mandatario Vicente Fox no violó la ley en los comicios de 2006

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