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Morir dos veces
Nuestra justicia forense nunca ha tenido la calidad que exhiben los investigadores de CSI, o lo documentales de Discovery Channel capaces de describir lo que había comido Billy the Kid el día que fue asesinado, hace 137 años. Los peritajes nunca habían sido nuestro fuerte, pero hoy en día, contaminados por necesidades políticas, están peor que nunca.
Después de dos años de la muerte del periodista norteamericano Bradley Will en Oaxaca, la PGR ha logrado “descubrir”, repentinamente, una versión diametralmente opuesta a la que se conocía hasta ahora. Resulta que los disparos no fueron hechos desde más de 30 metros de distancia como lo habían demostrado videos, testimonios y reportes forenses del cuerpo y la ropa de la víctima, sino que fue liquidado prácticamente a quemarropa, a no más de dos metros de distancia. La media cuadra de diferencia no es un asunto menor, porque de allí se deriva que el asesino no fue un esbirro de la policía de Ulises Ruiz, gobernador de Oaxaca, sino uno de los manifestantes entre los que se encontraba el periodista. En suma, la PGR ha concluido que lo asesinó la propia APPO.
Lo menos que se puede decir de una conclusión tan extemporánea y tan conveniente políticamente para los intereses del PRI oaxaqueño, es que inspira desconfianza. Particularmente cuando nos enteramos que la PGR agradece haber contado con la valiosa colaboración de los cuerpos policíacos y autoridades del gobierno oaxaqueño, principales sospechosos antes del conveniente dictamen.
Justamente hace una semana, la CNDH emitió una recomendación en sentido contrario a las indagatorias de la procuraduría oaxaqueña, pues estas presentaban graves inconsistencias, eran incompletas y desechaban versiones y datos relevantes para conocer quién estuvo detrás del homicidio. A partir de sus propios peritajes, entre otros el análisis de la demora entre el sonido del disparo y el grito de dolor de Brad Will que se escucha en el video, la CNDH concluye categóricamente que fueron dos proyectiles lejanos y que no se originaron entre el grupo que lo rodeaba.
Esperemos que la CNDH sostenga su dictamen, aunque no hay garantía al respecto. No hace mucho, en el caso de la anciana indígena de Zongolica, modificó el peritaje inicial que establecía una violación tumultuaria de parte de militares, por otra que atribuía la muerte a causas naturales (gastritis), para coincidir con la versión de Felipe Calderón, urgido de descartar cualquier sospecha sobre el ejército. Eliminar 30 metros es un mero detalle, si se consideran las modificaciones radicales que se hicieron a la autopsia de la anciana.
Los periodistas no tenemos herramientas de análisis forense o peritajes ajenos a las versiones institucionales. Lo que si tenemos es un largo recuento de casos en que las conclusiones terminan coincidiendo con las necesidades políticas del momento. La tragedia de Oaxaca tiene todos los visos de haberse resuelto por la vía de un chivo expiatorio a modo. Un miembro de la APPO ha sido detenido y podemos estar seguros de que la (in) justicia oaxaqueña habrá de cebarse en su contra con todo el peso del dictamen de la PGR.
Pero la mayor injusticia es contra el propio Bradley Will. A juzgar por las evidencias que ofrece la CNDH no sólo habría muerto a manos de las fuerzas cuya represión intentaba denunciar periodísticamente. Peor aún, su asesinato habrá sido imputado al movimiento al que intentaba comprender y dar voz para el resto del mundo. Pobre Brad, asesinados dos veces. www.jorgezepeda.net
El país que viene
La crisis de 1995 se ensañó en gran medida contra la clase media. La crisis que se avecina, en cambio, será devastadora para los más pobres. En el 95 la crisis bancaria se llevó “entre las patas” a las personas que habían contraído créditos para autos y viviendas; a los empresarios con deudas en dólares. El Barzón estaba formado por quienes tenían algo que perder. Desde luego, el encarecimiento de la vida afectó también a los que menos tenían. Pero Estados Unidos crecía a buen ritmo, lo cual significó que las remesas arreciaran, la depreciación del peso inundó de maquiladoras a la frontera y el exilio masivo al norte despobló las zonas más deprimidas de Zacatecas, Guerrero y Oaxaca. Mal que bien, los desposeídos pudieron echar mano de estrategias de sobrevivencia (entre ellas la siembra de marihuana ante la inviabilidad del cultivo del maíz).
La crisis que padeceremos a lo largo de los próximos dos años es de naturaleza distinta. No hay riesgo inminente de que algún banco se declare en quiebra, y tampoco nos acecha la amenaza de un Fobaproa II.
Pero no es el caso de la economía “real”, la que tiene que ver con el empleo y la producción. El jueves Hacienda informó que este año se crearían sólo 300 mil empleos en lugar de los 800 mil que se tenían contemplados. No es un dato económico, es una tragedia social. ¿Qué hará el medio millón de personas que iba a ocupar esos empleos? La recesión en Estados Unidos es un estremecimiento ondulatorio que provocará tsunamis sucesivos en la economía de los mexicanos de manera lenta pero implacable. No sólo porque dejará de absorber gran parte de los 400 mil mexicanos que solían irse cada año, también porque cerrarán maquiladoras, disminuirán los ingresos turísticos y descenderá el envío de remesas: verdadero subsidio a la pobreza.
El 40 por ciento de los beneficiarios de remesas son pobres, según la Sedesol. Pero con la disminución de envíos una porción importante del 60 por ciento restante engrosará las filas de los menesterosos.
En beneficio de Calderón y su gobierno habrá que decir que la crisis actual procede del exterior, mientras que la del 95 fue producto de errores de las autoridades de aquél entonces. Sin embargo las consecuencias políticas ahora pueden ser infinitamente mayores.
Lo que sucede en Morelos con la rebelión magisterial es un fenómeno complejo, imposible de abordar en este breve espacio, pero un indicio de lo que puede suceder con la creciente exasperación de actores sociales frente a la disminución de un pastel pequeño y mal repartido. La tentación de reprimir para salir del problema será enorme. En un contexto de tal explosividad social enfrentar la disidencia a golpes es la manera más rápida de incendiar la pradera.
Podemos no estar de acuerdo con Guillermo Ortiz o con Carstens, pero nadie puede negar que sean expertos en la materia.Sin embargo no puede decirse lo mismo de los operadores políticos de Calderón. Carecen de habilidades para negociar acuerdos estructurales, ya no digamos para desmantelar el campo minado en que habrá de convertirse la geografía nacional.
La pregunta del memorable libro de Julieta Campos, ¿Qué hacemos con los pobres? Es hoy más pertinente que nunca. Aunque esa pregunta bien podría trocarse en otra más dramática: ¿Qué van a hacer los pobres con el país que les desprecia? www.jorgezepeda.net
